La oligofrenia II: Su relación con los síndromes frontales   Leave a comment

El lóbulo frontal es la parte más desarrollada  en el cerebro humano,  en relación con otros mamíferos. Pero a menudo no es evaluado de forma específica en la rutina de exámenes cognitivos. Esto puede deberse en parte a la atención, los detalles y las estrategias rigurosas  que las pruebas exigen para testear las funciones del lóbulo frontal. Además como la finalización con éxito de cualquier tarea cognitiva considera una función del lóbulo frontal, esto tiende a resultar un artificio, pues se requiere de otras múltiples regiones del cerebro, tanto dentro como fuera del lóbulo frontal. En consecuencia algunos autores prefieren el término enfermedad de sistemas frontales. En cualquier caso, las disfunciones del lóbulo frontal puede dar lugar a síndromes clínicos relativamente específicos. Cuando la historia de un paciente sugiere disfunción del lóbulo frontal, la evaluación neuroconductual detallada es necesaria. La oligofrenia tiene según Henri Pieron en su diccionario de psicología aplicada: “…la capacidad opuesta a las instintivas o aprendidas, mas o menos automatizadas, que permiten resolver problemas y encontrar soluciones ante situaciones nuevas de cualquier naturaleza. Esta capacidad depende de una aptitud hereditaria y de la indemnidad de las estructuras cerebrales”.

En el caso de estos trastornos pues se hallan severas disfunciones en el lóbulo frontal, pero la intención del presente post no es demostrar esto, sino estudiar cuales son las afecciones en un sentido genérico, vale decir como: síndromes frontales. Los sistemas tradicionales de clasificación dividen a los lóbulos frontales en: una corteza precentral (la franja inmediatamente anterior a la central o cisura de Silvio), la corteza prefrontal (que se extiende desde los polos frontales de la corteza precentral, y como el opérculo frontal, dorsolateral, y superior regiones mesial), corteza orbitofrontal (incluyendo el orbitobasal o ventromedial y la región mesial inferior), y superior regiones mesial (que contiene, sobre todo, la circunvolución del cíngulo anterior). Cada una de estas áreas tiene conectividad generalizada. Dada la conexión única entre las regiones frontales y las estructuras más profundas del cerebro, las lesiones de estas áreas o de sus conexiones de generar comportamientos clínico relativamente distintivo.

  •  La corteza frontal dorsolateral: que se ocupa de la planificación, la formación de estrategias cognitivas, y la puesta a punto de las funciones ejecutivas. Los pacientes con lesiones frontales dorsolaterales tienden a sentir una moderada apatía con discretos cambios de personalidad. Luego sobreviene la primera en abulia, y se expresa una insulsa capacidad de planificación, de acción y  secuenciación de tareas. Esta severa inatención genera, por consiguiente, una deficiente memoria de trabajo para la información verbal (si es el hemisferio izquierdo está más afectado) o la información espacial (en caso de que el hemisferio derecho sea la principal área de choque).
  • El opérculo frontal contiene el área central para la expresión del lenguaje. Los pacientes con lesiones opérculo frontal izquierdo desarrollan lo que se llama una afasia de broca, vale decir, una incapacidad para la compresión del lenguaje. Mientras que los pacientes con lesiones en el área opercular derecha tienden a desarrollar aprosodia expresiva. El término aprosodia se refiere a un trastorno neurológico caracterizado por la incapacidad de una persona para transmitir o interpretar correctamente la prosodia (Es decir, ritmo, tono, estrés, entonación, etc.). Estas deficiencias neurológicas están asociadas a daños en las áreas de producción del lenguaje hemisferio cerebral no dominante.
 El caso de Phineas Gage: es conocido entre la comunidad médica como uno de los  estudios más sorprendentes sobre la influencia del cerebro en las emociones. Este hombre de  25 años trabajaba en la industria como capataz de obra cuando un 13 de septiembre de 1848  sufrió un accidente que cambió su vida. Estaba rellenando con dinamita un agujero de una  roca cuando por error suyo, la barrena que aguantaba para introducir el explosivo tocó la  roca e hizo explotar la dinamita. La barrena, de 6 Kg. de peso y un metro de largo, salió  volando hacia la cabeza de Gage, entrando por debajo de su ojo izquierdo. Atravesó su  lóbulo frontal izquierdo, y salió por el vértice de su cabeza. Aunque sea difícil de creer, Gage  fue a un hotel cercano sentado en un carromato tirado por bueyes, y subió por su propio pie  las escaleras del edificio. Aunque más curiosa fue la reacción del doctor Harlow, que al ver  la situación, la calificó como “fabulosa”. Porque Gage había perdido parte del lóbulo frontal  izquierdo y bastante sangre. Para tener una idea de la herida, el agujero era de 9 cm. de  diámetro, y permitió al doctor introducir todo el dedo índice por el orificio (muestra de que el  ser humano es curioso por naturaleza).
 No teniendo una mejor idea, el médico le aplicó apósitos y vendas para proteger la herida,  que en las siguientes semanas sufrió una gran infección. Sorprendente fue comprobar que al  mes de su accidente, Gage ya paseaba tranquilamente por la ciudad. Y aquí es donde  aparecieron las secuelas. Porque tras la recuperación, la personalidad de Gage había  cambiado radical y permanentemente. Tanto, que en su trabajo no vieron adecuado  readmitirlo: Antes de la explosión, Gage era considerado como alguien eficiente y capaz. Se  le veía equilibrado, y la gente lo apreciaba por ser trabajador, puntual y muy sensato. Pero  tras el accidente, Harlow lo describió de la siguiente forma:
“impulsivo, irreverente y en ocasiones se permite las blasfemias más groseras (lo que antes no era habitual en él), manifestando muy poco respeto por sus compañeros; no tolera las restricciones (…), caprichoso e indeciso…”. Hay que decir que Gage siguió viviendo 12 años más, al parecer sin un rumbo fijo.
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Publicado junio 20, 2011 por gabrieldaruich en Psiquiatría Clásica

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