La hipocondría y la belleza   Leave a comment

 

La hipocondría es, en su sentido mas generalizado y antiguo, un estado de tristeza patológica que antaño se atribuía a una enfermedad del hígado (situado, se sabe, en la región “hipocondríaca” derecha, “bajo el cartílago” de las costillas). La expresión por entonces popular era “hacerse bilis”, que correspondería a lo que hoy día entendemos por “hacerse mala sangre”, el término así refleja por una imagen analógica una idea parecida. El sentido de la palabra hipocondría, en psiquiatría, se ha restringido desde principios del siglo XX; designa, con preferencia, una preocupación excesiva, concerniente al estado del cuerpo y a su normal funcionamiento. ElKinsale, Laura - El corazón escondido_thumb[1] hipocondríaco es un ansioso, afligido por la obsesión de una desgracia, de una enfermedad o de un achaque. Creerse atacado de tuberculosis, de cáncer, de cirrosis, y, más generalmente de todas las afecciones conocidas o no, posibles o imposibles, es una eventualidad tan frecuente que el papel esencial del médico, en su práctica diaria, es quizás apaciguar la ansiedad hipocondríaca; tan verdadero es este martirio, que incluso el clínico mas avezado, termina practicando psiquiatría sin saberlo, así burgues como el Sr. Jourdain en la obra de Moliere “El Burgués Gentil Hombre” terminaba por las circunstancias hablando en prosa sin saberlo. Entre las numerosas variedades de ésta ansiedad patológica, podemos aislar una forma tan particular como interesante de a nuestro entender: la hipocondría corporal. En este caso la desgracia corporal temida no es en realidad una enfermedad: sino lo que el enfermo entiende como una maldición, mas intolerable para ciertos espíritus que la enfermedad mas grave; el sujeto teme la fealdad, el tormento de no poder gustar a otros y a sí mismo, de no tener una forma deseable y de ser, por el contrario, para su prójimo objeto de aversión. En mi opinión esta obsesión por la fealdad constituye una forma de hipocondría, donde el enfermo si bien no se queja por su salud sino por su forma, sino que muestra una preocupación enfermiza por la belleza. En algunos sujetos predispuestos, este hipocondría se revela como un rasgo de carácter, a menudo muy precoz, una preocupación, en cierto modo, constitucional. Se relaciona, más o menos claramente, con la desconfianza en sí mismo que configura un complejo de inferioridad que puede generalizarse al conjunto de la persona, o bien, localizarse en una parte en un aspecto determinado de su constitución. Pero a esta constitucionalidad pesimista, se opone casi por enmienda el optimismo contrario, seguramente más extendido y más en consonancia con el ideal del discurso postmoderno, a saber: la satisfacción de uno mismo, la admiración cuasi ingenua por la belleza de los otros constituyen defectos que han excitado en gran medida la fantasía de los fabulistas, y la censura de los moralistas. La coquetería, carta a menudo decisiva en la lucha por la vida y en las relaciones entre los sexos, implica cierto grado de confianza espontánea en lo agradable de la forma persona, un espíritu ofensivo es la estrategia que tiende a gustar, a dominar e inclusive a explorar a los demás por el ascendiente de la belleza. Con relativa frecuencia, este optimismo, irreductible no capitula ante las lecciones de la experiencia, ni ante las decepciones sentimentales, ni incluso ante el achaque de la edad. Recordemos aquí los casos donde el pesimismo corporal prevalece, donde el acto de fe instintivo en el encanto físico está reemplazado por el un acto de fe inverso en la fealdad, o al menos en a insuficiencia de hermosura. Pero cuando la certidumbre de la fealdad falta, se observa, con frecuencia una duda, extremadamente dolorosa, una falta de confianza en los recursos físicos, en otras palabras: un verdadero derrotismo estético que presagia futuros fracasos. Hasta ahora en este artículo perdido en este blog trotamundo tuvimos ocasión de ver como este sentimiento de insatisfacción opera en personas emotivas y ansiosos, y como se extendía a sus vida – en algunos casos – de forma considerable. Pero es que ninguna forma de hipocondría es tiene mayor capacidad de derramar tristeza y amargura sobre toda la vida de un ser humano. Como esos sujetos no se gustan a sí mismo, mucho menos pueden imaginar que los demás gusten de ellos. Los vemos apartarse, esconderse, borrarse, mantenerse aparte, esconderse. En una fotografía de un grupo donde se encuentran es posible verlos atrás con la cabeza baja o disimulada por un sombrero. Un pacientito que atendí por unos meses por un asunto de este tipo solía decirme literalmente “cuandopeor es nada2 mejor encuentro es en las fotos es cuando menos se me ve”. Tenía miedo a que una luz fuerte, o una posición central en aquel cuadro de fin  de curso tan insulso que todos tenemos, lo mostrara, lo evidenciaba; ni hablar de esos ascensores con espejos de los que huía despavorido. Estos sujetos muchas veces en el amor sincero y sospechan siempre un interés oculto, o bien, una impiedad inconfesada. La hipótesis más favorable que pueden encarar es que un enamoramiento tiene mal gusto. Luego del casamiento, con frecuencia absurdo, dado que han reducido su silogismo a una elección sin opciones, y como decía ese paciente recordándome al querido Jorgito Guinzburg caen en una especie de “peor es nada”. A poco sobreviene la inseguridad en la vida conyugal, el tormento de los celos. Sus celos, por otra parte, contienen para variar un tinte paradójico: ¡que tan bien les viene la traición!. Tal cual como un general que para invadir un país enemigo justifica su agresión en un movimiento inocente del ejército atacado, estos individuos se indignan en alta voz, y absuelven secretamente.

La peor es nadaformación de la imagen en la constitución inferior. Es interesante estudiar la formación de la imagen que todos hacemos de nosotros mismos. Impresiones precoces, a menudo con remito a la tierna edad, afectando esta imagen con un índice pesimista y optimista (bipolar sería hoy: Et tout le monde chante) de impresiones infantiles, sellan ésta un Imago como un prototipo de nuestro ser, un proyecto en el sentido de la óptica de Heidegger. A este respecto, una palabra, una simple reflexión, oída por casualidad, la crítica o burla de esos amigos burlones que nunca faltan, sobre todo si éste es objeto amoroso, o es el competidor de tal de ser del mismo sexo, pueden tener una influencia decisiva. La próxima estudiaremos este fenómeno al que nos llevo la hipocondría estética, la constitución de la inferioridad como condición.

 

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Publicado agosto 15, 2010 por gabrieldaruich en Conceptos erraticos

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