La Timidez: Audentes fortuna jouvat   Leave a comment

 

timido1 Resultaría excesivo considerar la timidez como una enfermedad. Pero cuanto menos es como si fuera un achaque y, en consecuencia, una disposición anormal continua, que puede tener consecuencias prácticas tan graves e inclusive mayores, que una enfermedad pasajera: Audentes fortuna jouvat: el tímido es mal querido ‘Por la fortuna, porque no sabe aprovecharla; no se atreve a arriesgar su persona, a afrontar ,la presencia y la conversación de aquellos de los que depende su destino. Es fácilmente concebible el grado a que puede llegar el abstencionismo de ciertos tímidos que, por una fuerza de inercia invencible, descuidan ocasiones decisivas, donde les hubiera, bastado simplemente aparecer para asegurarse el triunfo. ,Por otra parte, cuando deciden presentarse, con frecuencia son víctimas de sí mismos; ‘su dicha prevalece en un júbilo que invierte las posibilidades: hay individuos que han fracasado en su carrera por timidez. La timidez consiste, .tal como lo indica la etimotimido2logía de palabra, en una disposición temerosa, ,en una forma de tímida ansiedad donde los síntomas esenciales son casi los mismos que intervienen en la génesis del miedo. Pero este temor tiene un objeto muy especial: es el temor al hombre, que su presencia que observa, que con su :mirada juega. Lo que el tímido no puede de tolerar es la atención del ser humano que lo mira con desconcierta. Se siente entonces desamparado, paralizado, atrapado en el haz luminoso de un proyector que lo fascina.

Un enfermedad que nuestro ser expresa con gracia, una obsesión de la mirada humana. La timidez es un trastorno de la sociabilidad, pero un trastorno que a decir verdad, es muy restringido; porque el tímido, en general, no es de ninguna manera un insociable. La sociabilidad que siempre crece por definición, es la de relación, la que se ejerce en ]a frecuentación, el comercio humano, la “conversación” en el sentido etimológico de la palabra. Esta insociabilidad, precisa y parcial, hace que muchas veces, la gente juzgue, equivocadamente al tímido; se lo considera generalmente insociable: orgulloso, altivo, indiferente y hostil, cuando en realidad “Sólo está aterrado por la presencia de personas. Se limita a defenderse, a proteger su alma, sensibilidad en demasía, al modo como se trata, por precaución refleja, trata de evitar cualquier el contacto con un miembro herido. Esta insociabilidad, por otra parte, es en muchos aspectos la consecuencia y la inversa de una sociabilidad muy viva, muy delicada y con frecuencia excesiva. timidez3 Nadie otorga tanta importancia como el tímido a la opinión de los demás. Ese angustioso temor de ser mal juzgado por los otros constituye lo contrario del desprecio. El tímido es una persona tierna, cuya ternura cuando fracasa; necesita gustar, ser estimado, amado. Se le puede aplicar preferentemente ese pensamiento de Pascal que dice que: “tenemos una idea tan grande del hombre que no podemos sufrir ser despreciados y no estimados por alguien”. El tímido teme la humillación por el hombre y , en presencia del hombre. Teme la vergüenza, el insulto, la afrenta, y en particular la ironía, la burla y el “chiste”. Un ictus burlón en los párpados o en los labios finalmente lo desconcierta. Una broma sobre s, sobre todo cuando arrastra la hilaridad general, lo pica como una banderilla, lo desespera y enfurece. Su fracaso lo consterna tanto más cuanto que, obsesionado por el amor a la perfección, le gustaría precisamente sobresalir en el tipo de sociabilidad que no posee. Desearía ser uno de esos hombres de bellos modales, conversador ingenioso y persuasivo, cuya personalidad ‘encantadora se expresa y se impone al público. y si huye de1 mundo, si le horroriza el comercio de los hombres es porque en esa misantropía, a pesar de su superficial sinceridad, entra siempre, en algún grado, el despecho amoroso. La timidez se funda – para Adler – en un “complejo de inferioridad”, en una desconfianza de sí. El sujeto, -parte de dolorosas experiencias o ideas preconcebida, no cree en el buen rendimiento de su automatismo, en la eficacia de “sus medios”; tiende al derrotismo de su función social. Cuando debe realizar algún trámite importante. prefiere enviar a alguien en su lugar; la divisa del tímido es ‘que no hay un servidor de uno que uno mismo. Se sabe feliz, simple y fácil. timidez5

No tiene desenvoltura, sangre fría, autoridad, gracia y encanto; siempre será “torpe”, inevitablemente -torpe, en sus gestos, sus palabras, sus pensamientos y sus sentimientos. Sólo mostrará la caricatura de su alma. Guardará silencio o, peor que un mudo, hablará mal: se embrollará. Inclusive su voz, débil o ronca, a pesar de tosedlas repetidas, le fallará; .no le oirán bien, tendrá que repetir sus palabras. Le faltará aliento, como después de una larga carrera; en el curso de la conversación sólo dirá o hará tonterías, cometerá “gaffes”. No sabe improvisar. Las frases felices, las réplicas decisivas, sólo se le ocurrirán más tarde, cuando ‘esté sólo. Mientras dure la entrevista se sentirá horriblemente molesto, contraído, defensivo, vergonzante y -confuso, ‘como un hombre desnudo expuesto a las miradas públicas. ¿Cómo se complacerían a los demás en su compañía, cuando él mismo sufre tanto? Pero esta conciencia torturante que tiene de su -inferioridad posee una virtud creadora. Vemos ‘aquí en acción, una vez -más, el mecanismo idea-fuerza. El tímido terne ser torpe y ‘ridículo; lo será realmente en la medida en que lo tema. Así el temor a una desgracia puede hacernos caer no solamente en esa, sino también en otra desgracia. El temor a ruborizarse, tan extendido entre los tímidos, su eritrofobia, y que por su carácter obsesivo puede convertirse en una enrojecimiento, lo que se llama como “ereutofobia”, La timidez se reduce, pues, a la conciencia penosa y trastornadora -de una inferioridad: la introspección ansiosa de una función en timididez4 ejercicio produce la desorganización de esa potestad por el desorden emotivo que acarrea. Es fácil demostrar que los inconvenientes de la timidez no son sino los efectos de la emoción, que trabajan el curso diario de las relaciones sociales. Limitémonos a recordar el temblor generalizado, el tic ocular, la tos seca, el enrojecimiento o la palidez, los sudores fríos, la respiración jadeante, entre otros. Por otra parte la emoción (en el sentido etimológico de “la palabra” inhibe y paraliza la adaptación social, de donde provienen trastornos de la memoria y del juicio, la palabra apropiada que no acude a los labios, e1 argumento esencial que se omite, las proposiciones secundarias que prevalecen sobre las principales la frase -comenzada que no logra terminarse porque se olvidó – el principio, O porque el tímido posee el arte de lanzarse en circunloquios eternos, en callejones sin salida verbales; insistamos por fin sobre la falta de espíritu crítico y de presencia de ánimo. Pero, por otra parte, de una emoción, que por su confusión, provoca excitación y desorden, desencadena un automatismo sin control. El tímido puede hablar mucho y muy fuerte, ponerse excesivamente familiar, parecer extravagante, descarado o cínico, pecar por demasiado audaz. Hay en él un genio maligno, un personaje bufo, que lo injerta con palabras y gestos grotescos, esto se conoce en semiología psiquiatrita como “chocantería”: Así si les dirigen la palabra parece obligado y taciturno. Carece de afabilidad, a pesar de su buena voluntad a menudo manifiesta, a mares, revela increíble esterilidad espiritual inclusive cuando es imaginativo, y trata desesperadamente de llenar los intervalos de la conversación, los “espacios vacíos” ‘que le producen vértigo. A menudo, como Rousseau, siente la impresión de que la conversación se desarrolla muy rápidamente, que no tiene tiempo de tomar aliento. Dice cualquier cosa, urgentemente, para taponar los huecos. Se da prisa por terminar. Y, no obstante, con ¡frecuencia es él mismo quien prolonga el insoportable suplicio: no encuentra las palabras y gestos, simples y naturales, que le permitirían salir correctamente; no sabe despedirse. Agreguemos que si bien el tímido se siente “estúpido” en presencia de lo demás, esta humildad es superficial, así el tímido es un orgulloso. Sufre por la desproporción entre lo que parece y lo que realmente cree ser; puesto que aspira a hacer demasiado y guarda rencor a los otros ¡hombres por concentrarse con la apariencia, por juzgarlo taxativamente. El tímido prefiere escribir a hablar porque confía más en su presentación cuando no muestra su persona. Esto es lo que Rosseau explicaba con sabrosa ingenuidad:

“El partido que tomé de escribir y ocultarme era precisamente lo que me convenía contigo presente pues nadie hubiera sabido jamás lo que yo nadie hubiera sabido jamás lo que yo valía”.

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Publicado junio 19, 2010 por gabrieldaruich en Salud Mental

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