La ansiedad: El infierno de Virgilio   Leave a comment

 

Como sucede con frecuencia con términos lingüísticos complejos, la etimología del vocablo nos da una idea más exacta de lo que es la angustia y la ansiedad. En tanto las dos palabras derivan de una raíz común (angh), que por cierto alude a un particular estado de constricción o ahogo. La palabra “ansiedad” adquirió así un significado predominantemente moral: con ello se designa la duda penosa, la incertitud crítica, de la mente que, sin poder llegar a una decisión, se debate en un callejón sin salida intelectual. Además la palabra “angustia” tiene un significado más bien físico: designa esa impresión de malestar interior y de estrechura que tortura al dasein, esa suerte de compresión, localizada o difusa, que oprime su cuerpo a la vez que su espíritu. Si analizamos con cierto detalle los caracteres clínicos de la ansiedad y la angustia podemos admitir que la ansiedad, trastorno ,especialmente moral, se descompone en tres elementos principales, a saber: inseguridad, elemento afectivo; duda, elemento intelectual, e irresolución elemento volutivo. Del mismo modo, la angustia, como trastorno predominantemente físico, se diversifica en sensación de contracción en la garganta (angustia faríngea y ,laríngea), en el pecho (angustia torácica), en el estómago (angustia epigástrica), imagesCA1MA69Een tenaza oprimiendo en el corazón (angustia cardíaca), entre otras. Estas variedades de angustias corresponden casi siempre a espasmos internos y, más especialmente, a la construcción ciruclar de la musculatura lisa de los órganos huecos. En tanto consisten, literalmente, en un estrangulamiento material, es decir , un profundo calambre, verificable a menudo por nuestros medios a le exploración científicos actuales con relativa facilidad, basta con ello: una somera anamnesis, una electrocardiograma, y de ser necesario, una radiografía de torax. Estos medios – salvo excepciones – es mas que suficiente, pero aún no suelen dejar conforme a quien consulta, quien más de una vez suele cansar al clínico con la solicitud de más análisis e interconsulta.  Todos conocemos por experiencia al ansioso en estado, no suele pasar inadvertido en la guardia, sea que sufra de una ansiedad normal o patológica. Así su rostro es revelador: frente con arrugas, particularmente verticales, que dibujan, por el doble juego de los músculos superciliares, dos arcos de concavidad superior (más acentuados en la ansiedad concurrente a la enfermedad melancólica); orificios oculares, nasales, Y bucal achicados, con tendencia a contraerse transversalmente y a alargarse en sentido vertical; ojos móviles y oblicuos, los cuales a menudo están dilatados, en ocasiones inclusive por fuera de las órbitas por el miedo. El conjunto del rostro está a grandes rasgos adelgazado, estirado, marcado por la angustia, muestra una facies hueca, esculpida en :profundidad: es la facies trágica y concentrada del ansioso (como la denominaba Logré). Además puede suceder que, bajo la influencia del invisible lazo sientan que se les cierra la garganta, lo que explica que el ansioso pierde la voz, como citara ya Virgilio: “Vox faecibus haesit”, es decir, el que la angustia es el dolor que no se puede gritar. Otras veces, la descarga, es de tinte motriz, unruhe siendo más difusa comprometiendo a los músculos de la vida de relación y de la actividad voluntaria, tanto como a los de la vida vegetativa de la actividad automática: se llega entonces a una agitación generalizada, trepidante y estéril, que se expresa como una imposibilidad de permanecer en un lugar que, en muchas lenguas, la etimología valorizó con la formación de palabras como inquiétude, restlessness, unnruhe, que no son más que la expresión ubicua de una incapacidad de reposo. Esta excitación motriz y articular da al sujeto, inclusive de lejos, una aspecto muy típico: una marcha con idas y vueltas precipitadas y sin objeto; impulsos que son seguidos de bruscas detenciones; mezcla contradictoria de prisa e indecisión; movimiento en el lugar o en un estrecho círculo; exclamaciones breves y monótonas, letanías de interjecciones. La actitud exterior de ansioso, presa de esta agitación en cierto modo comprimida, es la expresión conmovedora del temor e incertidumbre propia de un hombre hostigado, acorralado por el peligro, bloqueado en un callejón sin salida, que se debate inútilmente para salir de él mismo, puesto que es la expresión mórbida de una jaula por decirlo así autoimpuesta. De todas las emociones, la ansiedad sea sin duda la más intolerable. Se opone, en cierto ,sentido, a la esperanza, que constituye la forma expansiva y, por así decirlo, el beneficio psicológico que esconde la incertidumbre; por el contrario, la ansiedad es únicamente la tortura, activa y continuada, que nos infligimos y que sostenemos como expresión de un sentimiento crueldad infatigable. A su vez puesto que existen dudas, no todo está perdido; no se tiene derecho, ni poder para renunciar, para darse por vencido; y que para el ansioso que esforzarse, hay que inculparse, por eso es una lucha pesimista, que se entabla con el estado anímico el cual ha sido por derecho propio vencido de violenta, desesperada y obstinada. En el fondo acaso la ansiedad, cuando deja de ser señal, cuando deja de operar como cuanto de energía catectizable, pasa a serVirgilio sin cartuchos para la HP un estado, con un monto de destrudo suficiente como para eternizar el suplicio. Un texto que describe como  pocos esta sensación de Ansiedad, nos alude al personaje sobre el que proyectaremos la ansiedad, es decir Virgilio, quien fue el introductor de Dante al averno.

Uno de los textos que mejor describe la sensación de vacío, hastío, que descubre la hiancia misma ante la incertidumbre, la nada, que nos pone de lleno en lo que podríamos llamar la esencia del ser en sí Sartreano. Hay un texto corto de Virgilio Piñera Lema, el gran escritor Cubano, que se titula precisamente El infierno que podemos decir que es “de Virgilio” que traduce como pocos el trasfondo de esa vivencia ipsiedad en la que ser ahoga lo ansioso:

virgilio“Cuando somos niños, el Infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman, ¡las llamas de la imaginación! Más tarde, cuando ya no nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del Infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el Infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en  (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el Infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues, ¿quien renuncia a una querida costumbre?” (Virgilio Piñera Llera. En La mano de la hormiga, los cuentos más breves del Mundo y de las literaturas hispánicas, prólogo y selección de Antonio Fernández Ferrer, Fugaz ediciones universitarias, 1990).

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Publicado junio 2, 2010 por gabrieldaruich en Psiquiatría Clínica

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